Mientras menos entiendo lo que soy más me alejo de lo que era

viernes, 28 de junio de 2013

Reordenando el caos.

Se tiró al pie de la cama, vencida, incapaz de sostenerle la mirada al presente, ni al destino. Las lagrimas brotaban de sus ojos como una cascada de aguas dulces y de ventisca helada, incontenibles. Pronto adoptó una posición fetal, abrazó todas sus partes, las restregó contra su cuerpo en un acto de afirmar su posesión, pues su alma podía estar rota pero aún era suya, aún le pertenecía. El repetido sonido de su llanto le provocó asco, se asqueó de su fragilidad, vomitó los recuerdos, los quería lejos, lejos de ella, lejos de su memoria que no se cansaba de traicionarla por las noches, por las mañanas, cuando cerraba los ojos y la hacía regresar al abismo. Su memoria la odiaba tanto que le hacía sentir sus manos, volvía a escuchar sus palabras, volvía a sentir el frío del suelo, la vertiginosidad de la caída, en cámara lenta por si se había perdido algún detalle, por si aún no sabía cómo es que había llegado a ese infierno en el que lento, muy lentamente se quemaba, en el que ardía, en el que, a pesar del paso del tiempo, cada vez se hundía más y cuando creía que ya estaba tocando el fondo, la vida, si a eso se le puede llamar vida, le hacía saber que se podía estar más abajo.

De noche se recostaba sobre su almohada, rendida, cansada de la farsa de salir a caminar, cansa de su propia respiración, se tiraba boca abajo y se sumergía entre las frías sábanas de su cama, frías como el hielo que cubría su habitación, tan frías que le volvían a recordar lo frío de la caída, la caída que la dejó rota. Y buscaba sus partes, las buscaba con suma desesperación que le brotaba por los ojos, por los codos, por la boca, por todos los poros de la piel. Quería asegurarse de no haber perdido ninguna de sus piezas después de tanto tiempo, quería saber que aún estaban todas, que aún podía volver a ser la misma.

Cayó en cuenta de que no era más que eso. Como cuando uno rompe algo sin querer, y lo vuelve a posicionar de manera que parezca que no pasó nada pero en cuando alguien lo toca se cae a pedazos.

Pi. 3.1416

No suelto tu recuerdo porque no me puede lastimar más. Es como una fórmula, como pi, 3.1416, ayer 3.1416, mañana 3.1416, no varía, no sorprende con los inesperados cambios y el fastidio de tener que volver a recomenzar de nuevo, adaptarse de nuevo, reinventarse.
Tal vez sea por eso que aún te sigo nombrando, tu dolor lo tengo calculado, la dosis de tristeza también. Pi, 3.1416.
Y si me atrevo a volver a querer a alguien, no puedo, no entiendo , me sorprenden tanto que la sorpresa se transforma en confusión, y me siento perdida, el dolor no lo reconozco, no es la medida que soporto. Me cambian la fórmula constantemente, y detesto volver a comenzar. Borrar lo que hasta entonces daba por hecho, y aprenderme otra fórmula, una que varía, una de la que no estoy segura. Sin embargo, tu recuerdo es constante, pi: 3.1416.
Pero no eres más que eso, una fórmula que al paso del tiempo se vuelve ineficaz, inservible,  sin sentido. inaplicable a la ciencia de mi vida. Me siento segura en tu constante delirio, repitiendo una y mil veces 3.1416, pero en el fondo sé que la seguridad y certeza que me brinda tu recuerdo no me sirve....

















D.W.  3.1416