Hoy, el día luce como para no desperdiciar de él ni un segundo. Dormir no estuvo dentro de "mis cosas por hacer este día". Ayer vi como el sol moría, hoy lo vi renacer. Y al no perderme ningún detalle del presente, entendí que ese proceso es parte de la vida, de nuestras vidas.
En ocasiones creemos morir, lo sentimos, sabemos que algo dentro de nosotros se apaga y nos congela. Creemos tener la desdicha más grande del mundo, que si Dios existe entonces nos odia, nos entra esa maldita tristeza al reconocer que nada volverá a ser igual y en eso tenemos razón, las cosas cambian y nosotros con ellas. Nos dejamos morir y en un punto de esa lenta y progresiva muerte descubrimos que ya no somos lo que fuimos, nos desconocemos y desconocemos lo que seremos. Nada vislumbramos entonces, todo se apaga.
Y de pronto, cuando damos este baile por terminado, sentimos que los pulmones se nos comienzan a llenar, lentamente, de aire y luz. Volvemos a abrir los ojos y aunque al principio no vemos nada, sabemos que algo está a punto de ocurrir, un sol naciente está en camino. Nos deshacemos del miedo, del pánico que nos da volver a levantarnos, juntar las piezas rotas y ponerlas en su lugar, reinventarnos. Y sin darnos cuenta, todo comienza a ir, el río retoma su cause y fluye, tan lindo, tan libre. Una mejor versión de nosotros se manifiesta en cada una de nuestras acciones.
Hoy el día luce como para creer profundamente en aquella frase que algunas personas dicen "Para que algo nuevo llegue, algo viejo debe salir", lo mismo aplica con la vida y las personas. Usualmente nos aferramos y nos encaprichamos al recuerdo de un alguien, queremos, deseamos estar con esa persona, no importa el daño que nos haya hecho, o el lado más puto que nos haya hecho conocer de nosotros mismos. El amor, o en su caso admiración, que sentimos por ese alguien nos impide reconocer que el destino es tan increíble que nos pone frente a quien debemos estar y nos aleja de aquellas personas de las que aprendimos lo suficiente como para jugárnosla sin ellos. Pero si no aprendemos a dejarlas ir, si no creemos firmemente en que si se fue es porque algo bueno llegará, entonces nada llegará.
Hoy por primera vez estoy feliz de haberme vuelto a construir, de haber juntado mis piezas, las más posibles, y de haber cocinado las extraviadas. Hoy, por fin sé, que todo lo sufrido y todo lo llorado valió la pena, y no precisamente por ese sentimiento de melancolía, no, sino por reconocerme aún así, irreconocible entre un mar de dudas, y haberme salvado. Hoy no quiero perderme ningún segundo del día, ni un espacio de mi mente libre, sin fantasmas, sin odios y rencores, sin los muertos que tanto tiempo arrastré.
Hoy las cosas llegan, porque deben llegar, porque no me aferro a ellas y si se van entonces será momento de desearles lo mejor.
¡Carpe Diem!