Es increible como esa filosofía que un día te unió a mí,
es la misma que hoy me separa de ti.
Cuando me empujaste me rompiste, me rompiste el alma, los sueños y el futuro, las canciones, los poemas, la certeza y las ilusiones. Me rompiste y te alejaste, huiste y te sentiste ganador. Ganaste, sí, ganaste. Ahora sé que ganaste mi odio, mi repudio y el silencio, las noches de cigarros y la soledad, ganaste un mundo vacío, tan vacío y perdido en el que es imposible vislumbrar la marea de realidad.
Esa noche no me hiciste daño, al contrario te mataste. Esa noche pasaron las horas, las personas, los poetas y el mundo entero, pasó. Sentiste caer el universo, el universo para dos, cayó y esta vez ni tú pudiste detenerlo, cayó tan rápido que se destruyó como el alma llena de recuerdos, de mentiras y suspensos. Explotó la tierra sobre la que caminabas, y te hundiste tan hondo que ahora te es imposible caminar sumergido en la mierda, en el lodo, en el lado oscuro de la realidad. Te surgió el insomnio, y te despertó la noche llena de lunas lejanas, tan lejanas como las voces que susurraron calmadas una frase que jamás pudiste entender.
Hoy han pasado los días, las noches, el universo también pasó. Mis miedos se alejan, aunque a veces regresan sólo para comer la poca calma que yo misma me creo, cuando creo que voy a estar bien.
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